viernes, 9 de agosto de 2013

Me voy con mis maletas y una pelota que encontré en el equipaje.



Hubiera querido, hubiera deseado, hubiera… hubiera… hubiera…

Hoy veo los signos de puntuación, los tiempos, el lenguaje… todo de modo distinto. Aprendí, lloré, reí, amé… ¿amé? Lo dije entre sueños a  tu espalda, mientras la besaba. Cuando abrí los ojos estabas ahí. No fue un sueño… estabas ahí.

El amor se escribe en pasado, el presente es vorágine, violencia, verdad; el pasado es nostalgia, pero también es camino andado, aprendizaje, angustia, amor. Acariciar tu espalda en la distancia y saber que no más. “No más”, porque tenerte cerca es potenciar todo lo que tengo y... Me voy con mis maletas y una pelota que encontré en el equipaje, tiene un nombre; está vieja, parchada. Sus colores son opacos. Sus colores han huido.

Tiene más palabras: “nostalgia”, “pasado”; pero también dice “presente” y “yo”.

 
Hubiera querido, hubiera deseado, hubiera… hubiera… hubiera…

Hoy hay puntos suspensivos, me enseñaste el vértigo de un punto final. No hay puntos finales en mi historia, sólo ciclos que vienen y van… que pasan de largo lanzando una sonrisa cuando vuelan junto a mí, pero nunca se van. Me consuela saber que hoy tampoco hay un punto,  sino una pelota… mi pelota que remiendo una vez más.

¿Hubiera?, nunca más. Soy, fui, fuimos, quisimos ser, seremos. Soy yo, fui contigo, fuimos vorágine, quisimos ser y no pudimos, seremos en el tiempo que deviene cada vez. Cuando pases junto a mí, sonríe como lo hago ahora: con nostalgia por lo que pudo ser y no será, con una lagrima guardada cual piedra preciosa porque me demuestra lo humana que aún puedo ser.

Sigo mis pasos, recorro los que tuve y en cada huella respiro tu piel, tu sonrisa, tus miedos, tu soledad, tu odio; pero también tu fragilidad que te obligas a esconder, tu corazón que estuvo en mis manos un instante. 

Por ese pequeño instante, valió la pena el recorrido. 


                                                Te lo devuelvo quedándome con un fragmento de él. 

               
                                  Recupero el mío dejándote parte de mí.


Mi pelota tiene un pedacito brillante junto al “yo”.

                                                                                               Eres tú, es tu nombre.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cuatro años y un día.



Eso bastó para que ella entendiera. 

Cada día caminé y veía a todas esas mujeres: Complexiones diversas y un mismo proceder… no hay dificultad en eso. ¡Cuántas veces me dijiste: “Eres un cabrón… misógino”!, y yo, sólo sonreía.  Las mujeres son sencillas todas quieren lo mismo: Abrazos, que las escuches, que las hagas sentir especiales y que te intereses por lo que dicen… ¡Es fácil!

Me preguntaste: “¿Realmente te interesas o te interesó lo que dijo?” En realidad no, pero es importante recordar o hacerte pasar por un imbécil… Su instinto maternal hace el resto.

Mi lista era inagotable –por lo menos algunas personas lo creían así-. Llevaba la cuenta en un tubo de la litera y estaba segura hasta que te percataste. Fuiste mi amiga, mi confidente, mi madre y mi cómplice… 

Después otra cosa. No me gustan los títulos… si le pones nombre adquieres responsabilidades y no las deseo… por lo menos no en ese momento y, ciertamente, no ahora. Sin embargo, tú cumplías perfectamente con ese papel:

·         Amiga: Escuchabas todas mis aventuras, mis deslices, mis coqueteos, frivolidades y pendientes… poco faltó para que fueras hasta mi secretaria. Siempre dispuesta a “picharme” un café o un cigarro.
·         Confidente: Te conté todas esas experiencias con mi madre y hasta te las arreglaste para “sacarme” ciertas verdades sobre mi pasado. Eras hábil para unir hilos… aunque los hubiera soltado meses atrás. Peligrosamente observadora.
·         Madre: Siempre preocupada por mí, por mis necesidades –aún cuando no pedía tu opinión o ayuda.
·         Cómplice: Estabas dispuesta a ser tapadera o pretexto cuando se me juntaban las Palomas en el palomar.

Un día te besé y todo cambió siendo igual. La diferencia fue el secreto, lo oculto… ¿Para qué mostrarte si no eres igual? No quise responsabilidades contigo.

Cuatro años y un día… y en esos mil cuatrocientos sesenta y un días viste todo, te cansaste de esperar y tomaste un camino nuevo.

Ya no recuerdo tu piel… no era peculiar.
Ya no recuerdo tus besos… he besado tantas bocas.
Ya no recuerdo cómo fue nuestra primera vez en ese hotel sin luces… y a pesar de ello, al encontrarte por la calle… sonreí.

Te veías ciertamente distinta… al igual que yo, pero ya pasaron tus veintiocho años –la edad de plenitud en las mujeres- estás rumbo a tu decadencia y avanzas a paso firme. Yo no me quedo atrás. Tenemos canas, pocas, pero ahí están. Piel marcada por el tiempo.

Después del café me dijiste algo curioso:

-“Tengo miedo… estoy viéndote en mi presente y tu viejo modo de deshacerte de las mujeres”.
-“Lo había olvidado… me lo hiciste recordar”, te dije.
-“Haces todo lo que ella odia de ti, lo haces ‘sin querer’ hasta que se canse y sea precisamente ella quien te deje. Tú no dejas a nadie… No aceptarías esa responsabilidad”.
-“Lo sé, qué tiempos aquellos”.
-“Cabrón, misógino”…

Reímos. Es sorprendente que tengas miedo… ¿Tú? ¡Quién lo diría!, la vejez te está pegando. Se acabó el sentimiento de autosuficiencia propia de la juventud. Nos despedimos, lloraste, dijiste que tenías miedo… Te estás enamorando y caminas por una cuerda floja y sin amarre. ¡En fin!

Nos despedimos, agradeciste… te acompañé al metro y vi cómo te despedías a lo lejos y te fuiste. Un pequeño gesto de caballerosidad nunca está de más. Mañana ya no recordaré esto… Después de todo tú también tienes tu número en mi lista…

sábado, 4 de mayo de 2013

No tengo el don de la palabra.



No encuentro las palabras, simplemente no las encuentro… hay cosas que se dicen sin sentir y momentos superfluamente sustanciosos. 

No tengo el don de la palabra… no puedo componer sonetos, aunque dicen que así se describe y presenta el amor.

No puedo hablar.

No puedo escribir.

No puedo amar, ni decir.

¿No lo siento?... No, no es así.

Catorce versos dicen que es soneto… y desearía poder encantarte con el don de la palabra. Gritarte cuántas cosas pasan en mi cabeza cuando estás lejos.

Abrazarte en la inmensidad del vacío.

Verter lágrimas de inmensidad.

Moriría por hacer poesía con nuestros cuerpos en medio de una danza…

Sin embargo, no he educado mi voz para gritarlo, no tengo la más mínima habilidad de movimiento, mis ojos están secos…  No eres mi Violante y aún así tienes poder sobre todos mis sentidos.

Pintura. Angelica Kauffmann “Sappho inspirée par l’Amour” de 1775.
Soy una mujer sencilla, sólo puedo soñarte en octosílabos trocaicos… aquellos que son silvestres y se mueven desde el corazón.

No, no encuentro las palabras… y desearía tener su don.



miércoles, 13 de febrero de 2013

Los dioses, el cielo, el mar y tú.



Recuerdo que hubo, una vez, un momento perfecto: un día sin nubes y con Helios jugando en el amplio Urano.
El mundo cambió en un instante, muchos siglos atrás.
Él fue castrado y gracias a ello, hoy, Helios juega en su vientre.
Las Estrellas se prenden de su amplio seno y las montañas se levantan de la madre Gea como si buscaran alcanzarlo.
Helios y Selene juegan por turnos.
Helios, perfecto, quien todo lo ve.
Selene, cambiante… a veces sonríe, a veces duerme.
Eos, tierna, acaricia mi mejilla a cada despertar.
Día sin nubes ni torbellinos…
¿Qué afán nos lleva a desearte, sabiendo que el derramamiento de sangre nos dio esta paz?
Después de todo, la Chipriota nació de la sangre y la espuma…
Yo prefiero los días nublados que no me dejan verte, Helios.
Los días en que Selene duerme.
Los momentos en que Urano pareciera desaparecer.
Ahí concibo mis luces.
Ahí el Lucero dormido resurge tras gotas de lluvia.
Ahí, en lo más oscuro del mar, las olas me devuelven al piso firme.
Sí, entre la sangre y la espuma la Chipriota nos conduce al mar.
Sí, los dioses… los dioses, el cielo, el mar y tú.

domingo, 10 de febrero de 2013

Barquito de papel...



Es hora de crecer una vez más.

“Estoy cansada física y emocionalmente… Estoy perdiendo la brújula y no sé hacia dónde deberían conducirse mis naves.”

Hubo una vez en que el cuento había nacido de la ilusión, de los deseos y de todo aquello que brillaba más allá de la página. Hoy miró ese cuadernillo y se percató de que el intenso brillo había desaparecido. Se aferró a una realidad que hizo suya, pero que no lo fue. Caminó un sendero y ahora, ante el miedo paralizante, desearía desandar.

La manada la había abandonado y ahora, rodeada de capullos que luchan por florecer, siente pánico de moverse. Podría destruirlos con su barco de papel.

“¿Dónde están mis naves?”, preguntó. Aquellas naves de cartón llenas de gente como tú.

Perdió el rumbo. Está rodeada de capullos y es más evidente lo ajadas que están sus manos. Desea desandar y encontrar sus antiguas naves, pero ya están muy lejos y no las podrá alcanzar.