domingo, 10 de febrero de 2013

Barquito de papel...



Es hora de crecer una vez más.

“Estoy cansada física y emocionalmente… Estoy perdiendo la brújula y no sé hacia dónde deberían conducirse mis naves.”

Hubo una vez en que el cuento había nacido de la ilusión, de los deseos y de todo aquello que brillaba más allá de la página. Hoy miró ese cuadernillo y se percató de que el intenso brillo había desaparecido. Se aferró a una realidad que hizo suya, pero que no lo fue. Caminó un sendero y ahora, ante el miedo paralizante, desearía desandar.

La manada la había abandonado y ahora, rodeada de capullos que luchan por florecer, siente pánico de moverse. Podría destruirlos con su barco de papel.

“¿Dónde están mis naves?”, preguntó. Aquellas naves de cartón llenas de gente como tú.

Perdió el rumbo. Está rodeada de capullos y es más evidente lo ajadas que están sus manos. Desea desandar y encontrar sus antiguas naves, pero ya están muy lejos y no las podrá alcanzar.

martes, 5 de febrero de 2013

Corazón de cristal.




Hoy escuché muchas veces la frase: “Personaje principal”… todos, nadie… ninguno y el mundo entero al mismo tiempo. Ahí es donde la capacidad del hombre se potencia, se expande, sublima o destruye.

Un instante, sólo un instante basta para que el entorno cambie. Ese instante en que las palabras guardadas, donde el grito ahogado se hace presente como un dolor en el pecho que va bajando por el hombro, el codo, la muñeca, los dedos. El nudo en la garganta que no deja salir ni la más pequeña brisa que, sin duda, devendrá en torrente cristalino con sabor a sal.

Las palabras más dulces, las más anheladas, las más llenas de sentido provocan el vacío absoluto. Dos conversaciones… todos, nadie… ninguno y el mundo entero al mismo tiempo en un instante y el vacío absoluto.

Llamada telefónica

Por su mente cruza la idea… una idea que su soberbia (dirían algunos) no dejaba realizar. Una llamada, sólo eso. Marcó la mitad de su contraseña y la borró. No se animaba a hacerlo, no deseaba ser imprudente, empalagar y hacer todas esas cursilerías que le encantan.        

  •  ¡No debes ser imprudente!

Se lo repetía a sí y controlaba su deseo. Pero, finalmente accedió. Marcó la contraseña completa y realizó la llamada.       

  • Hola.
  • Hola.
  • ¿Cómo estás? 
  •  Bien.

No podía articular palabra. Quería decir tantas cosas y las palabras ahogadas se atragantaban en su pecho. Quiso decirle cuánto deseó abrazar su cuerpo, sentir su aroma, resentir su ausencia… pero no pudo.

  • Sólo llamé para saludarte. 
  •  Ah. Hola.

       Algo se había resquebrajado en su interior, pero no supo qué.          

  •  Ah, bueno… pues adiós, entonces.

Quiso colgar, pero eso sería un rasgo de soberbia… “sólo fue un error de comunicación”, pensó.

  • Bueno, quería saber cómo habías llegado, si estabas bien… 
  •  Ah, sí… Bien, gracias.

Iba por buen camino. Su tono se dulcificó por un instante y la esperanza de que ese dolor de pecho desapareciera, regresó. Pasaron algunos segundos que fueron eternos. Una respuesta banal sobre quiénes eran sus acompañantes le hizo comprender que no le diría más nada.

  • Bueno, entonces ¿cuándo te veo? 
  •  No lo sé… el domingo tal vez. 
  •  ¿Hasta el domingo?, bueno.
  • Adiós.

No quiso esperar respuesta, pues todo estaba en su imaginación… sólo fue eso. Su imaginación entorpeciendo un diálogo. Caminó y encontró a quienes le acompañaban. De inmediato notaron su cabello “lacio como baba”. De inmediato notaron su falta de energía: “Te nos estás bajoneando”. De inmediato notaron que algo pasaba: “En la mañana llegaste… ‘wow’ y ahorita…”. Sí, algo pasó, pero no supo distinguir qué.

Mensaje telefónico

Salió del espectáculo con sentimientos encontrados. Alegre por haber hecho lo que tenía que hacer y con un grado de melancolía por lo mucho que faltaba caminar. Llegó un mensaje que ignoró. “Seguramente más noticias… avisos de muerte y soledad”. Después de un rato revisa el mensaje. No fueron hados funestos, sino un mensaje de trabajo:

  • Nos vemos a las 9 en… 
  •  OK :) hasta mañana :) besos. 
  •  Besos! Buenas noches descansa y sueña rico. Hasta mañana.

Algo se rompió en su interior y el pecho comenzó a doler. En un par de horas el dolor pasó del pecho a la garganta, al hombro, al codo, a la muñeca y los dedos. Nueve palabras rompieron su interior… nueve palabras.

El corazón de cristal atravesado por nueve palabras de compromiso. Sólo eso necesitaba. “En nueve palabras, escritas con prisa, encontró lo que dos minutos de voz…” Ya no puede hablar. El dolor del pecho ha abierto una fuente y el codo no deja de doler. Dos personas distintas.

 Aquí no hay personaje principal… todos, nadie… ninguno y el mundo entero al mismo tiempo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Benditas mis noches que guardan tu recuerdo.



Me hicieron falta tus letras, tus caricias, tus versos… tú.
No hay gran cosa que pueda decirte… sólo sé que soy mi pasado y mi pasado me hace ser  quien soy; me hace ser esa persona que llamó tu atención y a quien, en sueños, deseaste cazar, aún sin saber que esto pasaría.
Benditas sean las ganas de aventura, benditas las ilusiones que llevan a la idea, bendita la dulzura de tus palabras, benditas las acciones inflamadas del espíritu que te llevaron a mí.
Soy mi pasado, soy todas esas cosas que te aterran, soy todo aquello que desearías pudiera olvidar… Sí, soy todo eso y siempre lo seré, pero hoy soy presente y mi presente eres tú con tus letras, con tus caricias distantes y tus versos.
Benditas esas noches de desvelo en que la musa guía tu espíritu porque en ellas… aunque no estés conmigo, has de llevarte un poco de mí. 
Que la luna te lleve mi mensaje desde una tierra lejana, para beneplácito de esta impaciencia que me conduce a tu regazo.


jueves, 24 de enero de 2013

Tiene miedo de mirarte…





Escucha tus palabras y sabe que no mientes pero ya no puede creerlas.
¿Por qué?
Tiene miedo de mirarte porque sabe que si te mira comenzará a creer una fantasía, creerá en tus palabras.
Tiene miedo porque confiar en ti es caer; caer en la vulnerabilidad, en la ilusión de abrir las ventanas, que debieron permanecer cerradas, y observar un interior que no fue hecho para ella. Un interior que siempre se ha negado a ver y, sin embargo, cayó con gusto, pero al asomarse a ese mundo nuevo, la ventana se cerró violentamente.
El piso firme se manchó rápidamente con el purpúreo  encuentro con la realidad… su rostro sigue goteando y no se atreve a levantar la cara.
Hoy cierro mi ventana desde donde la veo, desde la salvedad de mi puesto en el que sé y puedo decir que no quiere mirarte porque conoce el poder de tus letras, de tus ojos… de ti. ¿Cómo culpar su miedo? En la vulnerabilidad es donde se es más frágil y donde todo se rompe con facilidad.
Hoy es el cuarto día y mientras espío, desde mi ventana entreabierta, la veo ahí… su rostro, su mirada sigue clavada en ese piso firme cual si deseara anclarse en él para siempre… casi puedo leer sus pensamientos… “Volar no es para mí”.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Me con-formo…



Seis treinta de la mañana. No he perdido la costumbre de abrir los ojos a esta hora.
Sin embargo, el ímpetu de escribir no se suscitó cuando los primeros rayos del día se hacían presentes a través de las cortinas. No.
Los primeros minutos de la madrugada me impulsaron a escribir aquello que no puedo dejar de gritar en unas hojas olvidadas.

Un simple deseo. Un deseo de ti.

En efecto, hoy sólo deseo una cosa:

Tu voz en mi oído, tu presencia en mis sabanas, tu aliento recorriendo mi espalda…
Tu recuerdo dormido en mi memoria, renaciendo en este despertar.

Me conformo con saberte menos distante,
me conformo con la memoria de mi cuerpo que se niega a soltarse de ti,
me conformo con estas cenizas que arden en mi pecho y
la pluma en mi mano que no puede más que emular una sombra de tu recuerdo,
de tu sonrisa,
de tu piel…
una sombra inútil, un reflejo distante sobre el agua.

Y a pesar de ello,
me con-formo con el saber el sabor de tus labios,
aquel que he buscado en otras bocas y
que sólo dejaron tras de sí el amargor de una creencia.

Me con-formo con el morir en tu recuerdo y
me con-formo con renacer entre tus sábanas…
prenderme a tu pecho como un fantasma y
saberte junto a mí, aunque ya no estés conmigo.

En fin…
me con-formo con perderme en el recuerdo de ese pequeño instante
en el que fuiste eternidad y  fuimos infinito.



Una Sibila.
Velézquez